La bañera está llena de pelos, mechones y sangre. Esa Gillette estaba demasiado afilada. Pero no tanto como para cortarme las venas.
Primero fue la muñeca izquierda. Cuchillo tramontina recién comprado. Afilado. Muy, muy afilado. Nueve fueron los primeros cortes. Una vez que pensé que podía soportar el dolor seguía más abajo. Mis manos sangraban, por supuesto, pero no me desangraba como para morirme. De todas maneras era de noche, nadie iba a llamar a casa. Y si no me moría desangrada el rivotril y la botella de alcohol se iban a encargar de llevarme al cielo.
Once chuchillazos desangraron mi brazo derecho. Tampoco fue suficiente. No salía sangre a borbotones. Pero yo lloraba. Lloraba porque me dolía, lloraba porque tenía miedo de no morirme. Lloraba por lo que podía llegar a pasar si seguía vivo.
Llegó el turno de la mano derecha. Uno, dos, tres, cinco, seis, ocho cuchillazos en la muñeca. Me dolía demasiado, demasiado como para que los cortes fueran más profundos que eso. Pero sangraban y manchaban las sábanas. Ojalá me hubiera muerto en ese momento. Hubiera sido más fácil haberme clavado un vidrio en la garganta o encerrarme en la cocina con el gas encendido.
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